Los porqués del altruismo

"Nuclear Winter in Chernobyl", de Trey Radcliff.

“Nuclear Winter in Chernobyl”, de Trey Radcliff. Monumento a los héroes que frenaron el desastre de Chernobyl en 1986.

«En las cercanías del reactor, el nivel de radiactividad era millones de veces superior al normal. El coronel Vodolazski, instructor de los pilotos de helicópteros, voló ciento veinte veces sobre el boquete en llamas, para lanzar sacos de arena, plomo, arcilla y boro. En medio de aquella humareda ardiente, tenía que sacar la cabeza fuera de la cabina, situarse sobre el objetivo y soltar las cargas, mientras recibía olas de radiación brutales. Después de los primeros vuelos superó la dosis límite pero decidió seguir trabajando. Los pilotos se mareaban, vomitaban, apenas conseguían sacar los helicópteros de aquel horno atómico. Arrojaron cinco mil toneladas de material y tardaron diez días en apagar el incendio. Vodolazski murió y recibió el título de héroe de Rusia.»

«No sabíamos que la muerte pudiera ser tan bella», de Ander Izaguirre para Jot Down Cultural Magazine

¿Por qué los héroes de Chernobyl hicieron tales cosas tras la catástrofe nuclear? ¿Disciplina militar? Muchos de ellos eran civiles voluntarios. ¿Ignoraban la que les venía encima? Pronto empezaron a sufrirlo, y no eran pocos los ingenieros nucleares. ¿Perdieron el juicio a causa de la radiación? Quizá, pero descartaría eso como explicación. ¿Por qué no hicieron lo más intuitivo, huir a las antípodas de aquel crematorio nuclear?, ¿por qué sacrificaron su vida en pos de la de otros? En definitiva: ¿por qué nos comportamos de forma altruista?

Una pregunta tan ambiciosa como ésta merece ser respondida desde muchos puntos de vista, desde varios niveles de análisis. Voy a dar unas pinceladas centrándome en tres que considero decisivos: el matemático, el biológico y el conductual.

La explicación matemática

El Dilema del Prisionero es un juego de azar que ha inspirado multitud de investigaciones sobre cooperación. Básicamente, consiste en decidir si colaborar con un segundo jugador o traicionarle, quedando el resultado a expensas de lo que el otro elija: si ambos cooperan hay recompensa (una reducción de condena), y si se delatan, se les castiga. La gracia está en lo que ocurre cuando no coinciden en su elección: el traidor se lleva un premio mayor (libertad), mientras el “primo” se lleva un castigo más duro (doble de condena). Hay multitud de variantes, pero sirva esta imagen para ilustrar la idea:

Imagen de Giulia Forsythe

Imagen de Giulia Forsythe

Hay algo en este juego que lo hace muy especial: su parecido con la realidad. Dibuja un mundo de competencia por recursos limitados. Esto motivó al politólogo Robert Axelrod en los años 80 a organizar una serie de torneos que enfrentaban a programas informáticos en partidas consecutivas del mencionado dilema. Se trataba de dar con la estrategia que, tras competir con todas las demás en repetidas simulaciones, obtuviese más puntos que las otras. ¿Cómo funcionaban las ganadoras?, ¿procuraban cooperar, o más bien lo contrario? Básicamente, y por más que se sofisticasen, seguían dos premisas: cooperar al inicio e imitar el último movimiento de su oponente. Es decir, “eran buenas pero no tontas”. Se advierte así la utilidad de la memoria para no dejarse aprovechar por un programa “traidor”, y el peso de la reputación, pero no me iré por las ramas: la cuestión es que, calculadora en mano, el mejor negocio era aquel que apostaba por la cooperación, velando siempre por condenar lo contrario.

La explicación biológica

En 1976 el biólogo Richard Dawkins publicó una de las tesis más importantes de nuestro tiempo y peor entendidas pese a sus impagables esfuerzos. Me refiero a la de El gen egoísta. Trataré de resumirla mucho: cuando Charles Darwin publicó “El origen de las especies”, Gregor Mendel todavía no había empezado a cruzar guisantes. Cuando murió, ni siquiera se había acuñado el término gen. La evolución tenía como protagonista al individuo (algunos incluso consideraban que era el grupo, la especie), pero Dawkins dio un giro revolucionario a esto: la unidad de selección natural es el gen. Desde un punto de vista evolutivo, el individuo pasa a un segundo plano como vehículo de los genes, como ser con fecha de caducidad que procura la permanencia de estos.

¿Tener unos genes egoístas convierte a sus portadores en egoístas? El hecho de que los genes compitan por sobrevivir tiene un efecto paradójico en el comportamiento de los individuos. Resulta que un individuo tiene muchos genes. Y resulta que los comparte con otros individuos (incluso de otras especies). ¿Qué estrategias creéis que ha favorecido la selección natural? Pensad en el caso del ser humano, cuyas crías tardan años en realizar por sí solas funciones vitales. Si alguna vez hubo una población humana 100% cooperativa y nada coercitiva, se fue al garete en cuanto un mutante egoísta empezó a aprovecharse de todos. Y si hubo una 0%, no duró ni dos telediarios. El resultado es ambiguo porque, además, ofrece variabilidad (no se comportan todos igual, desde luego).

Llegado este punto conviene aclararlo: no es que los genes “guíen” la conducta directamente. Pero sí pueden proporcionar un sistema nervioso, y éste a su vez puede estar capacitado, por ejemplo, para aprender a experimentar emociones a partir de ciertos estímulos. Éstas a su vez pueden disponer a realizar comportamientos altruistas. Al final de una historia extraordinariamente larga y compleja, el “tribunal” de la selección natural, con las matemáticas en la mano, dicta sentencia.

La explicación conductual

Si la tesis de Dawkins ha sido malinterpretada como una suerte de determinismo genético proximal, el condicionamiento operante (o instrumental) de B.F. Skinner y compañía no ha corrido mejor suerte.

¿Qué es el condicionamiento operante? El mecanismo de aprendizaje según el cual las consecuencias (consecuentes en sentido estricto) de nuestras conductas van a determinar que éstas aumenten o disminuyan en probabilidad. Si el consecuente es apetitivo o supone la retirada de un estímulo aversivo, se tratará entonces de un refuerzo: la conducta se mantendrá. El castigo sería el caso diametralmente opuesto. Parece sencillo, pero se complica en la medida en que se varían diversos parámetros, por no hablar de la presencia de otros mecanismos de aprendizaje en la ecuación, la variedad de estímulos que hay y la historia previa del individuo. Para profundizar en el tema, recomiendo lo que escribió mi colega Manuel recientemente, así como las entradas de Rebeca dedicadas al análisis funcional aquí y aquí.

La idea del altruismo ha sido entendida por algunos como una piedra en el zapato del conductismo, pero nada más lejos de la realidad. Que haya sido tradicionalmente estudiado con recompensas materiales (y en animales, para más inri) ha servido para caer en falacias muy dolorosas, identificando el refuerzo exclusivamente con premios tangibles, como la comida o el dinero. Pero lo cierto es que no: el refuerzo está definido funcionalmente, es decir, no por lo que “es”, sino por el efecto que produce sobre el comportamiento. Así, una emoción agradable como la alegría, algo tan subjetivo e inmaterial, puede funcionar perfectamente como refuerzo. También, por supuesto, eliminar el malestar que genera una escena puede motivar a uno a modificarla. El condicionamiento clásico, que tiene en Ivan Pavlov a su máximo exponente, mucho tendría que decir también sobre cómo se producen esas emociones a las que me refiero, pero no me alargaré con ello.

Hacer un análisis funcional de cómo un individuo particular aprende y mantiene conductas altruistas excede los objetivos de este post, pero sí quiero poner sobre la mesa la idea de que éstas son objeto de entrenamiento, al igual que lo son las contrarias. Esa variabilidad de la que hablaba hay que entenderla desde aquí.

¿Somos, entonces, verdaderamente altruistas?

La RAE define altruismo como “diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio”. Me gusta mucho la definición porque esquiva la trampa del “altruismo puro”, la idea de que el altruismo como tal no existe porque siempre se “busca” una recompensa, aunque sea la mera satisfacción de ayudar a otro. Desde mi punto de vista, esto es una verdad a medias, por dos motivos:

  1. Esa “búsqueda” que entrecomillaba a menudo no es tal. El refuerzo opera independientemente de que uno sea consciente de él. No depende de un razonamiento explícito, de hecho éste puede hacer ruido y entorpecerlo.
  2. La “economía del altruismo” hace aguas de cara a los intereses del individuo. El testimonio con el que comenzaba da buena cuenta de que no sólo somos capaces de arriesgar nuestras vidas por salvar la de otros, sino de sacrificarlas directamente con un sufrimiento extremo. Si la historia de Vodolazski os ha impresionado, probad con la de Ananenko, Bezpalov y Baranov [1]. Sumando anécdotas como las suyas, apostaría a que encontraríamos una evidencia empírica aplastante.

Creo, sencillamente, que es una pregunta equivocada, y que además da pie a respuestas peligrosas y visiones cínicas del ser humano. No se trata de dejarnos llevar por las emociones que nos despiertan las heroicidades, sino de situarlas en su justo lugar en el mapa a la hora de entender el comportamiento humano.

Autor: Óscar Pérez Cabrero

Twitter: @LERblog

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3 Respuestas a “Los porqués del altruismo

  1. Pingback: Valores morales. Bien vs Mal | Ciencia y Comportamiento·

  2. Reblogueó esto en La Escalera Rojay comentado:

    Mi primer post para el blog Ciencia y Comportamiento, en el que hablo de los motivos para el altruismo desde diferentes puntos de vista: matemático, evolutivo y psicológico. Espero que os guste.

    Me gusta

  3. Pingback: El mito del aumento de la violencia | La Escalera Roja·

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