¿Por qué somos dualistas?

El Maestro Yoda entrenando a Luke Skywalker en Dagobah - Fotograma de "El Imperio Contraataca" (Star Wars: Episodio V) - Lucasfilm, 1980

El Maestro Yoda entrenando a Luke Skywalker en Dagobah – Fotograma de “El Imperio Contraataca” (Star Wars: Episodio V) – Lucasfilm, 1980

«Mi aliada es la Fuerza y una poderosa aliada es, de la vida es la creadora, crecer la hace, su energía nos rodea a todos y nos une, luminosos seres somos, no esta cruda materia. Debes sentir La Fuerza a tu alrededor, aquí, entre tú y yo, y el árbol y la roca, incluso entre la tierra y la nave.»

Imaginad que en el futuro colonizásemos un planeta habitado por seres similares a nosotros pero con una forma de pensar perfectamente racional. Lo llamaré el Planeta Sheldon, y a sus habitantes los sheldonianos. Una especie incapaz de figurarse conceptos ajenos a la evidencia. Pues bien: ante semejante público, el fracaso de taquilla de un exitazo terrestre como Star Wars estaría asegurado. Lo que para nosotros es comprensible, esa idea que trata de transmitir Yoda sobre “La Fuerza”, para un sheldoniano supone un galimatías, un discurso sin pies ni cabeza. Sin entender esto, el guión sería infumable.

Howard, Sheldon y Leonard. Lo sé, la referencia no es muy buena porque son fans de Star Wars, pero entendedme – Fotograma de “The Big Bang Theory” – CBS

¿Por qué nosotros sí alcanzamos a comprenderlo?, ¿por qué nos resulta, de hecho, familiar la idea? En mi opinión, esto no podría responderse sin atender a nuestra manera dualista de entender el mundo. ¿Y qué es eso del dualismo? Hay muchos tipos, pero voy a simplificar alegremente: es esa tendencia compulsiva a distinguir entidades inmateriales en las cosas. Cuerpo material vs. espíritu. Cerebro frente a mente (la manera moderna de decir “alma”). Me he prometido, más adelante, escribir un post sobre las implicaciones que el dualismo tiene sobre la psicología como disciplina científica, cómo ha dado a luz conceptos tipo “motivación intrínseca” y “extrínseca” sin detenerse a cuestionarse su pertinencia. Pero hoy trataré de responder a otra pregunta: ¿por qué somos dualistas?

Más de uno podría, de hecho, negar la mayor. Considerarse monista a fuerza de no creer en fenómenos ajenos a la física, pero ahí está la clave: uno tarda en llegar hasta ahí, sin embargo Star Wars lo entiende incluso un niño. Se puede entrenar el discurso, por supuesto, pero sin perder esas “gafas” que llevamos, al parecer, puestas de serie. La evidencia apunta en la dirección de que la disposición al dualismo no es algo determinado por la cultura, sino que debe tener algún origen evolutivo. ¿Y, si se trata de un error, cómo es posible que haya resultado adaptativo para la especie? Nadie ha dicho que lo sea. Los caminos de la evolución, que afortunadamente sí son escrutables, nos revelan que a menudo lo que tenemos delante no es más que un subproducto de otra cosa que sí fue adaptativa.

“Sólo hay un infierno… éste en el que vivimos”. Melisandre, La Mujer Roja, en un amago de monismo – Fotograma de Game of Thrones – HBO, 2015

Antes hablaba del dualismo como algo referido a los seres vivos, pero que levante la mano quien no haya atribuido intenciones malvadas al clima cuando le da por llover en fin de semana. Pues por ahí vienen los tiros: en la teleología podría estar la clave. Esta palabra tan rara y que me ha costado tanto tiempo aprender a pronunciar a la primera se refiere a la tendencia a asignar un propósito a todo. En un entorno de adaptación evolutiva como fue el de nuestra especie, no es de extrañar que aquello que permitiese reducir la incertidumbre se viese hipertrofiado. Asignar própositos sirve para predecir comportamientos, e incluso cuando se equivoca uno, al menos la incertidumbre previa cesa.

El filósofo Daniel Dennett propuso en 1987 tres maneras que tenemos para intentar comprender y predecir el comportamiento de todo lo que nos rodea. La postura física, la del diseño y la intencional. La primera nos permite comprender con arreglo a las leyes de la física, pero a menudo requiere más tiempo del disponible. La del diseño supone un atajo, pues sabiendo qué función tiene un objeto, uno puede prescindir de conocer sus detalles para sacarle partido (aquí estoy yo, usando un ordenador sin ser informático). La intencional es un atajo todavía mejor cuando se trata de seres vivos, y presupone la existencia de un agente que opera con intenciones. Ni la combustión del gasoil, ni la utilidad de los coches como medio de transporte: lo que uno anticipa es el deseo de adelantar de ese conductor que se acerca tan rápido. El problema es que la selección natural “pretende” (jeje) que la especie sobreviva y perdure, salir al paso de los obstáculos del entorno, nunca dotar de recursos perfectos, sino suficientes. Si detectar agentes a los que atribuir intenciones nos lleva a hacerlo hasta con las piedras, pero ello no resta capacidad de supervivencia, mala suerte, así se queda.

Hola amigos, soy la Selección Natural. Aquí tenéis a las posturas de la teoría de Dennet cayéndose desde una rama.

¿Se puede entender el dualismo sin la teleología? Yo diría que no, que es ésta la que impulsa a dar ese salto. ¿Y la teleología sin el dualismo? Supongo que, si ésta admitiese grados, no en todos los casos sería necesario. Pero no lo tengo muy claro, la verdad.


Referencias

Dawkins, R. (2009). “Las raíces de la religión – Psicológicamente preparados para la religión”. En “El espejismo de Dios” (pp. 196-208). Barcelona: Booket.

Autor: Óscar Pérez Cabrero

Twitter: @LERblog

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6 Respuestas a “¿Por qué somos dualistas?

  1. Reblogueó esto en La Escalera Rojay comentado:

    Mi último post de la temporada en Ciencia y Comportamiento. Una manera friki de tratar de responder a por qué somos dualistas: ¿qué sentido evolutivo tiene, si es que lo tiene?

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  2. Muy buen artículo, y sobre un tema relevantísimo, a mi juicio. Gracias por él 🙂
    Como también apunta Dennett, el dualismo, universal en la especie, probablemente tiene su origen en la muerte. El abuelo no se mueve, esta frío… sigue teniendo sus rasgos, pero lo que le daba vida, lo que realmente hacía que él fuera él, “se ha ido”. Por tanto, ese “algo” tiene existencia independiente. Es muy consolador, demasiado, suponer que no se ha extinguido, que está en alguna otra parte. Y resulta muy persuasivo: todos tenemos a veces una cierta sensación de “pilotar” nuestro cuerpo, más bien que “serlo”. Y decimos cosas como “tiene un cuerpo precioso” (quién es la entidad que lo tiene?). Por otra parte, desde que somos humanos tenemos historias y fantasías, y adquirimos un fuerte criterio de “lo que existe” frente a “lo que no existe”. Las piedras y los tomates existen, los unicornios o los demonios del bosque no. Es esta misma actitud dicotómica infantil la que lleva incluso a buenos científicos a preguntas tan mal formuladas como si “la mente existe o no”. Evidentemente, el dualismo del alma y el espíritu es y viene del mito, pero a los que insisten en esa actitud de metafísica ingenua típica del fisicalismo, yo los suelo poner el ejemplo del navegador. El Chrome o el Firefox pueden aparecer, inconfundibles, con todas sus características, en las más diversas plataformas hardware y sobre los más diversos sistemas operativos. Si abres el cacharro, no vas a encontrar Chrome por ninguna parte, pero no tienes ninguna duda sobre si lo tiene instalado o no cuando te pones a usarlo. Entonces, ¿existe Chrome? Y, en términos un poco menos ingenuos, ¿qué clase de cosa es? (Por cierto, si tu respuesta es que no existe, deberías advertir urgentemente a los de Google y a sus millones de usuarios).

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  3. Muchas gracias por el comentario! Un placer escribir para lectores así, la Fuerza es poderosa en ti.

    Desde luego, el tema de la muerte brilla por su ausencia en el post. Pero lo que me impresionó de Dennett es cómo dio con una función decisiva para la supervivencia que, en último término, explica los abrazos a los árboles más allá del placebo. Permite plantearse dudas respecto a si hubiese sido posible el dualismo en ausencia de mortalidad. Pero nos moriremos sin saberlo, me temo.

    PD: me había comido una “t” de su nombre, ¡si no es por ti no me habría dado cuenta! 🙂

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  4. Siento que esto de tirar de Dennett y la recurrencia al evolucionismo (al particular de ese autor entiendo, o cosa similar) no me parece la mejor forma de saldar una pregunta ya de por sí falaz como “¿por qué somos dualistas?”.

    Está francamente bien desdeñar las concepciones teleológicas, pero no estaría tampoco mal desdeñar igualmente las recurrencias, ya sean estas a factores evolutivos u otros.
    Entiendo que hay que retrotraerse al pleistoceno para encontrar las “razones del dualismo” de ciertos autores evolutivos. Pero francamente, y aquí viene lo importante, antes de adentrarnos en los idearios de Dennett, Wilson o Pinker, o antes de adentrarnos con sus críticos Gould, Lewontin o Rose, habrá que plantearse la pregunta primigenia ya que puede tener cierto tufo a, por ejemplo, un “¿por qué los unicornios son blancos?”. Y así luego nos “enriedamos” en diatribas sin fin. No sé si se me entiende.

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    • Gracias por comentar! 🙂

      Recuerdo que mencionaste ya en twitter aquello del recurrentismo, la recurrencia a instancias como explicación de todo. Me parece una idea muy interesante. Si he entendido bien el concepto, supongo que la instancia más de moda ahora es el cerebro y la recurrencia compulsiva al mismo ha desembocado en eso que han dado en llamar “cerebrocentrismo”. Lo que no deja de ser un dualismo disfrazado, claro.

      Veo en el evolucionismo las ventajas de dar (una parte de la) respuesta a, digamos, elementos universales del comportamiento, y de hacerlo sin perder de vista el contexto, por remoto que sea. Aunque corre el riesgo de asumir, y entiendo que la falacia a la que apuntas va por ahí, que todo tiene/tuvo una función o fue adaptativo de algún modo, etc. El caso del dualismo parece obedecer más bien a un subproducto (no me atrevo a hablar de exaptación).

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  5. Pingback: No es país para conductistas | Ciencia y Comportamiento·

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