Delirio, el último refugio

El delirio es uno de los comportamientos más fascinantes del ser humano. Puesto que no tenemos como tal un diccionario de psicología (¿alguien en la sala se presenta voluntario para redactar uno?), no nos queda otra que tirar de “saber común” para identificar  a qué nos estamos refiriendo.

La conducta delirante es un tipo de pensamiento típicamente exagerado, aberrante o disparatado sobre algún aspecto de la realidad. El contenido de dicho pensamiento llama la atención por lo alejado que se encuentra de la evidencia disponible; por ejemplo, que la televisión le habla a uno o que una raza de reptiles se hace pasar por humanos para controlar el mundo.

Ah, pero no todo es tan sencillo.

En mi experiencia clínica y personal he tenido contacto con diferentes personas diagnosticadas con brote psicótico, esquizofrenia o trastorno esquizotípico de la personalidad, así como con personas con un nivel podríamos decir subclínico de signos similares. Y resulta que ni siempre resulta tan disparatado como en la cultura popular se muestra ni es tan aleatorio como parece. Permítanme dar un rodeo.

Prácticamente en todas las especies se observa que la incertidumbre genera señales de angustia y molestia. La incertidumbre no es más que contingencias no claras; o sea, el organismo es incapaz de establecer una relación entre comportamientos y consecuentes. Por así decirlo, si presiono el botón rojo no sé si voy a recibir comida, una descarga, un ruido, un soplo de aire, o no ocurrirá nada en absoluto. Si resulta que estoy rodeado de botones rojos y tengo que interactuar con ellos forzosamente si quiero conseguir algo, empezaré a sentir mucha angustia.

Vamos volviendo poco a poco. Imaginemos que el botón rojo es el comportamiento social humano. Haga lo que haga no sé si la gente se va a reír, me va a ignorar, me va a insultar o me va a alabar. También puede ser mi trabajo; no sé cuándo voy a recibir una bronca de mi jefe, o cuándo me van a regañar mis compañeros, o por qué se ríen cuando paso cerca. O, yendo a un extremo, la vida en general: he perdido las riendas y ya no sé adónde ir ni qué hacer.

Todo esto no es, por sí mismo, condición sine qua non para que aparezca conducta delirante; pero sí proporciona un discriminativo excelente para que utilicemos un recurso que, aparentemente, ninguna otra especie tiene: el pensamiento en forma de lenguaje.

Ante todas las situaciones expuestas un humano podría empezar a pensar “se ríen porque les caigo mal”, “me regañan porque me envidian”, “creen que son más listos que yo”, “me tratan así para ponerme a prueba”, “me han despedido por karma”. Todas estas frases tienen un punto en común: generan una explicación. Ante la incertidumbre, contingencias claras. A partir de cierto momento todo va a estar explicado por el pensamiento delirante, siendo así un reforzador autogenerado para cualquier tipo de conducta. La evidencia se recabará de tal manera que el delirio se mantenga (recordemos que proporciona tranquilidad y explicación en un mar de incertidumbre), siendo obviado lo que lo contradice. Esto es exactamente igual que para cualquier otra creencia, desde “soy un tipo simpático” hasta la religión. Pero lo que destaca en el delirio es que, por lo general, no tarda en ir acompañado de emociones negativas. Tanto que puede guiar hacia la autolesión. Aunque quizá estemos siendo partidistas; decimos que es delirante lo que genera malestar, pero no lo que genera bienestar. El compañero de trabajo que cree que sus jefes siempre están pendientes de él y le alaban constantemente podría estar delirando, no prestando atención a que por cada gratificación hay nueve broncas. En otras palabras: si el mundo no genera una explicación ni nos da tranquilidad, nosotros mismos la proporcionaremos. Gracias al pensamiento.

Pero quizá, piense el lector, tengo la manga demasiado ancha en cuanto a qué llamo delirio. Pues verán; resulta que, y siempre hablando desde mi experiencia clínica, un delirio puede empezar como otro pensamiento cualquiera. No tiene por qué haber un espectacular brote psicótico, no tiene por qué haber un entorno oprimido y brutal. Un delirio puede comenzar como “creo que mis amigos se ríen de mí a mis espaldas” y terminar con un diagnóstico de esquizofrenia tipo paranoide. La falta de hipótesis alternativas, ser poco escéptico y centrarse en la evidencia que sostiene obviando el resto son ingredientes muy peligrosos. Las crisis más graves suelen ir precedidas de períodos de consumo de tóxicos, falta de sueño y desorganización general: todo ello factores que dificultan la ocurrencia de un pensamiento más ajustado a la realidad. Pongamos a alguien tan normal como usted o yo (jeje), privémosle de sueño durante 24 horas y añadamos algún tóxico; si en ese momento observamos nuestro pensamiento veremos que es una extraña amalgama semicoherente.  Si a esto le sumamos un historial previo de conducta “subdelirante”, bien podría ocurrir que la persona se ponga a pensar sin filtro alguno sobre sus hipótesis previas y llegue a conclusiones que, esta vez sí, llaman mucho la atención por excéntricas. Pero esto sería mucho menos probable si no rondaran lo que yo sí llamo delirios pero que aceptaré que ustedes denominen preocupaciones exageradas o algo similar.

Enlazo, para terminar, con el título del artículo. No es mi intención banalizar algo tan potencialmente dañino como el delirio; nada más lejos. Con este título lo que intento poner de manifiesto es que, en algún momento, el delirio fue lo único que la persona tuvo para sentir certidumbre. Fue lo que quizá le salvó en un período muy duro de su vida, o lo que le ayudó a salir adelante en un trabajo que estaba acabando con su salud. El delirio tuvo su función, y como cualquier otra conducta, lo que se refuerza se mantiene. Puede que más adelante empiece a ser fuente de problemas, pero eso no significa que siempre fuera perjudicial. Es, por ello, que he querido mostrar que algo tan llamativo y atemorizador como la conducta delirante podría no ser tan distinto de otras como escribir, hacer bromas o montar miniaturas.

Así que recuerden: sean escépticos.

Imagen de cabecera: Hellblade Senua’s sacrifice, © Ninja Theory

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