La deriva acientífica

Arrancamos 2019 con gran revuelo en torno a una enmienda presentada por el Consejo General de la Psicología al Plan de Protección de la Salud frente a las Pseudoterapias que está preparando el Gobierno. La enmienda en cuestión comienza exigiendo revisar la evidencia científica reciente que (según el CGCOP) valida prácticas hasta ahora consideradas pseudoterapias, cosa legítima, pero concluye descarrilando hacia lo que parece una falacia de autoridad:

Hay que señalar que en el ámbito de las terapias psicológicas debe actualizarse lo que se considera fundamentado en evidencia científica, ya que algunas de las que pueden ser consideradas pseudoterapias pueden suponer beneficios contrastados para la salud de los pacientes, cuando son utilizadas correctamente por profesionales psicólogos en el marco de una adecuada relación terapeuta-paciente.

Aunque se intuye un afán de protección hacia el colectivo que representa, consigue más bien desacreditarlo haciéndolo de esta forma tan confusa, sin especificar además a qué terapias se refiere. Desde la Sociedad para el Avance del Estudio Científico del Comportamiento (SAVECC), la reacción no se hizo esperar, solicitando al CGCOP una rectificación, y en una posterior recogida de firmas se ha abogado también por un papel más diligente en esta materia.

Vayamos al fondo del asunto: ¿cómo se miden esos beneficios terapéuticos?, ¿cuándo se les puede considerar contrastados? En el ámbito de las pseudociencias hay resultados de todos los colores: los nulos, los que no mejoran al placebo, los que incluso perjudican de forma directa (indirectamente ya lo hacen todos)… y los que “benefician” a costa de una inversión de tiempo o recursos que pone en entredicho el origen de la mejora. Durante el Renacimiento inglés, la ciudad de Bath se consolidó como centro termal al que acudían aristócratas para tratarse todo tipo de enfermedades. A sus aguas se les atribuían propiedades milagrosas donde lo que pasaba es que, entre otras cosas, se le retiraba el alcohol a unos pacientes acostumbrados a beberlo como sucedáneo del agua potable que escaseaba en el Londres de aquella época. La diversidad de paradigmas en psicología es un obstáculo a la hora de establecer estándares de medición, y eso es un coladero constante en los estudios de eficacia que pretenden acreditar la validez de las técnicas. Pero lo más dramático, a nivel de investigación, es que ese afán resultadista ha terminado por ignorar la pregunta más trascendental: por qué funciona lo que funciona.

Podría dar la impresión de que se acaba de abrir un melón en el panorama sanitario español tras la iniciativa del Gobierno de combatir las pseudoterapias. La realidad es que ese melón llevaba demasiado tiempo abierto y, encima, secándose al sol. Lo que ha cambiado es que ahora se están difundiendo sus fotos. Esperemos, por el bien de todos, que sirva esto para invertir la deriva acientífica de nuestra sociedad.

Autor: Óscar Pérez Cabrero

Twitter: @OscarPerez_Psi

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